Paz en la guerra
Paz en la guerra La carta del tío Pascual ablandó el alma de Pedro Antonio, tumefacta, pero cuando sentía que se le iba a abrir la fuente de la ternura y de las lágrimas, cerrósele con nudo doloroso de sequedad que le llenaba las entrañas.
Estando a solas, consigo mismo, alarmábase de la extraña calma con que recibiera aquel golpe de la suerte, del estupor que le impedía ver todo el alcance de su desgracia. «He perdido a mi hijo, a mi único hijo», decíase, esforzándose por darse cuenta de aquella prueba, que tan natural se le aparecía. No lograba convertir el frío «he perdido a mi hijo!», en el misterioso «mi hijo ha muerto!» Su hijo se había ido, naturalmente, como se fueron otros; no había vuelto aún, naturalmente también, pero podía volver un día u otro, y entre aquel recuerdo y esta esperanza, igualmente vivos, sólo mediaba como realidad presente una noticia, una mera noticia, un dicho.
Ni el padre, ni la madre, estaban convencidos del todo de la muerte del hijo; podía ser equivocación; y a diario le esperaban al amanecer sin darse mutua cuenta de su esperanza, y a diario desesperaban de volver a verle.
Estaban en casa de Arana en la mesa, comentando las penas pasadas y recordando a la pobre doña Micaela.
—¡Qué alegrón habría tenido el dos de mayo!