Paz en la guerra
Paz en la guerra —¡Ah! —exclamó Juanito—, Ignacio, el del chocolatero, ha muerto..., le mataron en Somorrostro...
—¡Pobrecillo! —exclamó Rafaela, sintiendo como si se le vaciase el pecho—, ya se les pesará a sus padres de haberle dejado ir...
—A saber lo que esperarÃan! —dijo don Juan—. Se han ido por ahà dejando la tienda y todo. Lo que menos esperarÃan es que Chapa les hiciera confiteros de Su Majestad... En fin, ellos lo han querido...
—La verdad es —dijo Rafaela— que me parece una salvajada que los hombres se maten por opiniones...
—¡Tú no entiendes de eso! —interrumpióle su hermano—, por opiniones no... pues ¿por qué?, por celos, ¿no es eso?
«Qué bruto!», pensó ella, poniéndose colorada al sentir el bofetón en el alma.
—Ah, hija mÃa, tú no conoces el mundo —dijo el padre, mientras llevaba una tajada a la boca—, es triste cosa, pero merecido lo tienen, si asà escarmentaran...
—No hables asÃ. Algunos por hacerse los hombres... —empezó ella, pensando en las brutales palabras de su hermano.
—Son capaces de alegrarse de tener un hijo mártir... No soy como ellos, no les deseo mal alguno, pero merecido lo tienen...
—Si en algo han faltado, hay que perdonarles, papá.