Paz en la guerra
Paz en la guerra —¿Perdonarles...? —tómo una cucharada de arroz con leche—... ¡pase!..., pero ¿olvidarlo?... jamás!
Después hablaron de otra cosa, y al concluir la conversación exclamó don Juan: ¡pobrecillos!, es una pena, una verdadera pena, ¡cómo quedan los pobrecillos!, ¡pobres padres ....es una pérdida irreparable, irreparable, irreparable..., irreparable...
Acordábase de su difunta mujer.
Rafaela anduvo todo el dÃa acongojada; brotábanle de los más oscuros senos de su memoria, surgiendo del vivo fondo del olvido, recuerdos de miradas de aquel pobre Ignacio, que le saludaba con vergüenza al encontrarse en la calle con ella. Ya no volverÃa a verle, macizo y desgarbado, pisando fuerte.
Cuando el sitio de Bilbao se habÃa ido estrechando, a fines del año 73, don JoaquÃn, el tÃo de Pachico, se llevó consigo a éste, yendo a establecerse ambos en un pueblecillo de la costa cantábrica, a distancia tal del teatro de la guerra, que ni los efectos inmediatos de ésta, ni su ruido llegase a ellos.
El tÃo vivÃa más absorto que nunca en sus habituales devociones; más que nunca desinteresado de las luchas polÃticas que daban argumento de disputa a los demás, sin querer saber de ellas nada; más y más apartado cada dÃa del espÃritu de esas gentes, cuyo número iba creciendo a sus ojos.