Paz en la guerra
Paz en la guerra Ayudábale tal vida a distraer la atención de su pertinaz aunque nada aguda dolencia física; de la continua molestia y preocupación de la enfermedad, ya crónica, que le iba minando poco a poco la vida; de la cruz con que el Señor le había regalado graciosamente, sin él merecerlo. Fija en esta cruz su atención, habíala convertido en el núcleo del mundo exterior en que se veía forzado a vivir, y a cuyas necesidades estaba uncido. Por su enfermedad se relacionaba con las cosas de fuera, con los transitorios sucesos del bajo mundo de los sentidos; con sus devociones vivía en su mundo de dentro, el del consuelo secreto, en los permanentes sentimientos de su alma. Enlazaba en él a un mundo y a otro, a su enfermedad con sus devociones, la idea, siempre fija, aunque no la viera presente siempre, de la muerte; de la muerte, que manteniéndosele siempre a invisible distancia, más se le acercaba a cada hora desvanecida en la eternidad.
¡Dichosa afección aquella, a la que podía, por divina gracia, convertir en fuente de consolaciones íntimas, ya que el dolor no le apretaba tanto que le embargara! ¡Oh!, ¡poder abandonarse al Señor, recibir indiferente de su mano lo bueno y lo malo, lo dulce y lo amargo, lo alegre y lo triste, y darle por todo gracias! No, no merecía él tanto bien; érale la tal enfermedad inmerecido consuelo.