Paz en la guerra

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Por lo que hacía a su sobrino, no le preocupaban ya las ideas de éste, puesto que seguía Pachico, a pesar de ellas, siendo el mismo, con el mismo carácter, los mismos hábitos, el mismo humor. No, no era posible que hubiese cambiado tan radicalmente, hasta hacerse otro; ¿había dejado, acaso, de verle un solo día?, ¿había ocurrido en la vida del mozo alguno de esos sucesos tremendos, que haciendo que Dios retire de un desdichado su gracia, cambian por completo el curso de su existencia? ¡Cosas de él!, se decía, añadiéndose para sí: cada cual cree a su manera. Y en cierta ocasión, al acudirle esta idea a la mente, logró caer en una irrespetuosa especie; lo que le dio materia de arrepentimiento y suceso íntimo de gran novedad en su vida interior. Fue ello que al decirse: «cada cual cree a su manera», prosiguió su lenguaje mental diciéndole, como de chunga, «como tiene cada cual su modo de matar pulgas». ¡Soy un ligero, un distraído!, ¡cuánto me queda por corregir en mí mismo!, se dijo entonces, disponiéndose a dedicar algún tiempo a ejercicios de contrición.






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