Paz en la guerra
Paz en la guerra ¡Ah, ciegos, ciegos de pertinaz ceguera los que no ven el inagotable interés de la vida del alma, ocupada tan sólo en la consecución de su salud! Los de fuera, los mundanos, le creerían un aburrido, un pobre de espíritu, un memo; ¿qué sabían de los consuelos interiores, de la inagotable novedad de aquella vida? Mejor, mucho mejor que le tuvieran por simple, hasta por imbécil, así se humillaba, y así sería ensalzado un día. Pero... ¿no era acaso un acto de soberbia humillarse para ser ensalzado, en vista del ensalzamiento; hacerse de los últimos, puesta la mira en llegar así a ser de los primeros? ¡Ah!, ¡santa simplicidad!, ¡santa simplicidad inasequible a los que reflexivamente la buscan!
Vivían tío y sobrino impenetrables el uno al otro, diferentísimo cada uno de ellos de como el otro se lo representaba, mas unidos por nexo de infinitos hábitos, por la sutil trama de una larga convivencia. El tío no rezaba tranquilo su largo rosario, por las noches, sino sabiendo que estaba el sobrino en su cuarto, leyendo sus cosas; y no leía el sobrino a sus anchas en tales horas, sino a medida que le llegaba, a enterrársele en la inconciencia, el apagadísimo rumor del piadoso ejercicio, que rezaba don Joaquín a media voz, pensando en tanto que era el rosario lo que habría de hacerle simple.