Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Pachico se iba después de comer a matar el tiempo en un mezquino cafetucho, aderezado de casino, en que se reunían los desocupados del pueblo a jugar el café a las cartas y a comentar las noticias de la guerra que les llevaban los periódicos.

Cada uno de los concurrentes a aquel cafetín tenía su carácter propio, insustituible, como cada hijo de vecino, y Pachico se entretenía en observarlos producirse tales cuales eran, en sus interminables discusiones acerca de las jugadas. Cambiando cartas en la lucha del juego del tute, alimentaban sus espíritus y ahondaban su modo peculiar de ser. Reñían a las veces violentamente, se ponían como trapo viejo por una jugada, para volver luego a barajar las cartas y continuar jugando.

Discutían otras veces las noticias de la guerra, barajando nombres de generales y de lugares; o ya comentaban la marcha de las columnas, discusiones que en nada se diferenciaban de las provocadas por las combinaciones diversas del naipe en el tute. Discutían largamente si había tres o cinco leguas de Somorrostro a Bilbao, si los carlistas habrían de resistir dos o cuatro meses.



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