Paz en la guerra
Paz en la guerra AtraÃanle a Pachico las discusiones aquellas de viva voz, ¡y tan viva!, entre hombres para él vivos y de carne y hueso, entre hombres que dejaban asomar en ellas sus almas, mientras le molestaban los relatos escritos de los periódicos, de que se enteraba no más que por las discusiones del cafetÃn. ¡Era de oÃrle a aquel famoso capitán retirado exclamar sacando del bolsillo la invariable onza de oro, que llevaba de continuo y como de respeto!; nada, nada, todo eso es hablar y nada más..., van diez duros a que no resisten los carlistas un mes..., ¡si conoceré yo aquel terreno!
Junto a aquellas discusiones todo lo de la prensa era mero noticierismo, fatigoso granel de noticias sueltas, pura historia cuando más. De toda aquella guerra ¿qué quedarÃa? —pensaba Pachico—. Secas noticias, cuatro lÃneas a lo más en las historias del porvenir, una pasajera mención de una de tantas guerras civiles cuya sustancia se llevarÃan al sepulcro consigo los actores de ella. No era la tal guerra más que uno de los eslabones de la vida del pueblo español, un eslabón cuya Ãntima trascendencia era, tal vez, tan sólo la de mantener la continuidad de su historia.