Paz en la guerra
Paz en la guerra Gustábale detenerse, en sus correrías, en un promontorio que dominaba al mar y desde el cual bañaba su vista en la inmensidad de las asentadas aguas y la del cielo que las abraza. Mar y cielo formaban a sus ojos una solemne unidad de mutua vivificación; las olas se sucedían rumorosas a las olas, y silenciosas las nubes a las nubes. Sumíale la visión de la inmensa llanura líquida y palpitante en la oscura intuición de la vida pura, de la vida sin contenido mayor que la vida misma, y en el extraño sentimiento de la inmovilización del fugitivo instante presente. Desde allí arriba, las ondulaciones de la vasta extensión acababan sugiriéndole el espectáculo de la respiración de la Naturaleza dormida en profundo sueño, sin ensueños. Al sentir otras veces entre mar y cielo el poderoso impulso del viento que levantaba a las olas y barría las nubes, recordaba al Espíritu de Dios incubando sobre las aguas, y se fingía que de un momento a otro apareciese en augusta sombra el Omnipotente Anciano, tal como en los altares se le representa, recostado en las nubes y flotante en ellas su amplia vestidura de anchos pliegues, a hacer surgir mundos nuevos de las sumisas aguas.