Paz en la guerra
Paz en la guerra Cuando supo Pachico por una carta la muerte de Ignacio diole un vuelco el corazón; se dijo ¡pobrecillo! y fuese a casa, en la que se encerró para dejar correr libres sus lágrimas allí, donde nadie le viera llorar. Entonces descubrió cuánto le había querido, y espoleando al llanto, para hallar en éste un recogido deleite de abandono y de fusión de afectos, perdióse en imaginaciones vagas.
«Una vida perdida? ¿Perdida... para quién?, ¿para él acaso, para el pobre Ignacio?... Tales vidas son la atmósfera espiritual de un pueblo, la que respiramos todos y a todos nos sustenta y espiritualiza.»
Cuando salió de casa, tenía los ojos enjutos y el pecho tranquilo. Al ver gente sintió en el alma una frescura que le hizo recogerse, volver en sí, envolverse en su rigidez habitual, satisfecho de haber desahogado su ternura a solas, saboreando el dejo de aquella hora de abandono. Todo el resto del día se lo pasó raciocinando sobre la muerte de su pobre amigo.