Paz en la guerra
Paz en la guerra A la noche empezó a verter al papel, según tenÃa de costumbre, las reflexiones del dÃa; y aunque, al expresarlas hacia fuera, volvió a sentir nudo de angustia en la garganta y en los ojos lágrimas, del hervor de sus sentimientos sólo brotaban ideas escuetas, que al surgir al papel se cristalizaban, enfriándose al punto. Y asà fue como le resultó aquel supremo recuerdo al pobre Ignacio, cual un epitafio en piedra, seco y duro, un fragmento de filosofÃa raciocinante sobre la muerte. «¡Y pensar —se decÃa— que otros con el corazón en calma y el alma frÃa, hagan llorar a los demás, manejando el manoseado fondo de la retórica reglamentaria! ¿Será preciso para hacer sentir a uno eximirle de tener que pensar? Sin embargo ¡qué hondo sentimiento en el pensar hondo!»
Al siguiente dÃa fuese a la orilla del mar, donde las olas se rompÃan en cresterÃa de espuma, cantando la eterna monodia de su vida sencilla, y allÃ, como en un baño de calma, bajáronle los pensamientos de la vÃspera a reposar en el fondo fecundo del olvido.