Paz en la guerra

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CAPÍTULO V

Vivía con su mujer Pedro Antonio, en su aldea nativa, junto al cura su hermano, que se esforzaba en distraerlo, llevándoselo consigo a la tertulia de la posada, a fin de que olvidara un poco sus penas oyendo los comentarios a los sucesos de la guerra. Quedábase entre tanto Josefa Ignacia con su cuñada, la viuda del piloto, que no sabía hablarle sino del pobre difunto Ignacio, de la última vez que le viera armado, de su garbo en el baile. Sentíase la madre atraída por aquella mujer simple que, ayudándole en sus sempiternas cavilaciones acerca del hijo perdido, era cual eco de su constante monólogo. Esperaba a diario oírle las mismas apreciaciones, los mismos detalles sobre Ignacio, como el enfermo espera cada día el mismo bálsamo aliviador de los dolores. Iba difundiendo poco a poco su pena en los actos todos de su vida y en los más humildes sucesos de ella; íbala diluyendo con la labor en los puntos de la calceta; la iba dejando reposar en la visión de los domésticos utensilios; íbasela convirtiendo en dulce idea fija, que tiñese sus ideas todas.




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