Paz en la guerra
Paz en la guerra Interín Pedro Antonio abandonábase a todo, dejándose mecer en el vaivén suave de los habituales sucesos cotidianos, mientras en el hondón de su alma germinaba poco a poco el dolor, sin lograr, empero, romper aún la capa que le ahogaba. Pensaba en su pobre hijo de continuo, mas con pensamiento tan lento, tan lento, que parecía inmóvil, en divagación difuminada, y en vaga visión que penetraba sutil en sus pensamientos todos. Era como si el recuerdo de su hijo llenase su alma cual una sola inmensa nube oscura y compacta cubre con su homogéneo tono a la tierra, sumida entonces en penumbra. Bajo tal recuerdo yacía entumecido el dolor.
Gustaba el padre de ir a vagar por los rincones de su niñez, por donde fluyeron las lentas horas muertas de su infancia a la sombra de los castaños y nogales, y al cuidado de la vaca; íbase a oír en el perdurable murmullo del río, canto evocador de recuerdos infantiles. Parábase a cada paso a echar una parrafada con los viejos amigos, a quienes encontraba en sus heredades bregando con la dura tierra. Complacíase en que le compadecieran, y en aquellas conversaciones que solían resumirse en un: ¡son cosas que el Señor dispone...!