Paz en la guerra
Paz en la guerra AcudÃan los labradores todos a sus faenas con regularidad; no resonaba el campo de más voces que de las ordinarias; y cuando al mediodÃa contemplaba Pedro Antonio cómo las humaredas de las caserÃas, brotando de sus tejados, se perdÃan en el ambiente, de todo se acordaba menos de que hubiese guerra. Recordábansela tan sólo los comentarios de la tertulia a que por la tarde le llevaba un rato su hermano; las quejas de los labradores por las continuas exacciones que, para surtir de raciones al ejército carlista, tenÃan que soportar; el paso, de tarde en tarde, de algún batallón en marcha. La constante obsesión de la muerte de su hijo cernÃase en su conciencia sin relación alguna con la guerra en que muriera. —Ve a distraerte, Jesús, ¡qué hombre! —solÃa repertirle su mujer, alarmada por aquella calma y recelando en su marido algún mal interior, temerosa de que el mejor dÃa le diese algún ataque a la cabeza y se quedara perlático, o, ¿quién sabÃa?, algo peor aún.