Paz en la guerra

Paz en la guerra

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Íbase Pedro Antonio con frecuencia a un rinconcito de la huerta de la casa que habitaban, a un rinconcito al pie de un castaño, junto al arroyo, donde gozaba de íntima distracción viendo correr el agua, oyendo su cháchara sin sentido, contemplándola encresparse contra los pedruscos que se le oponían al paso y espumajearlos. Alguna vez echaba una hoja a la corriente para seguirla con la mirada, hasta que se perdiese en la verdura; y no se cansaba de admirar, en un remanso, a los zapateros, que corrían en el agua como en suelo firme otros insectos.

De noche se asomaba un rato al balcón, cuando el temple era apacible. Borrados los diurnos accidentes del paisaje, presentábasele éste cual amasado con sombras, y surgiendo de ellas la lejana lucecilla de alguna casería, anuncio, en las tinieblas, de un hogar perdido en la montaña. Inconcio del perdurable rumor del arroyo, de puro oírlo sin cesar, érale cual canto del silencio, profunda melodía, no oída, en cuyo curso monótono iba dejando fluir sus vagas imaginaciones.






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