Paz en la guerra

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Dividía las horas de los lentos días por los pastosos tañidos de la campana de la iglesia, que morían adelgazándose en larga dilatación hasta derretirse en la calma del campo. Era primero el alba clara, de serena frescura, cual brotando del aire, el toque que disipaba en él las últimas neblinas perezosas del ensueño matinal; más tarde el ángelus de mediodía, solemne y pleno, voz de descanso, que parecía bajar del cielo todo; luego, cuando las líneas de las montañas se depuraban en el cielo marmóreo, mientras la luz se disolvía en la sombra, la oración de la tarde, recogida e íntima, cual si subiese de la cansada tierra; y por último, vibraba en las sombras el toque de ánimas, invitando a las familias, recogidas ya en sus hogares, a dedicar domésticas preces en sufragio de las almas de sus difuntos, de los miembros subterráneos de la familia perdurable. Siendo siempre la misma la voz de la campana, parecía adquirir distinto tono en las distintas horas del día.

En sus solitarios paseos solía detenerse en una casería, desde donde dominaba el cerrado valle, y allí se estaba con el viejo casero, inútil y decrépito, que en una desvencijada silla se sentaba al sol, al socaire de la casa, a pasarse las horas en soñolencia, a desgranar mazorcas de maíz, o a pelar patatas; a hacer algo útil, en fin, por ser menos gravoso. Teníanle abandonado, como a un estorbo, y veía con júbilo la llegada de Pedro Antonio, a quien hablaba del hijo:


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