Paz en la guerra
Paz en la guerra —Recuerdo siempre la última vez que vino acá, a la aldea..., ¡qué guapo! Y a usted, a usted le he conocido como a él, un chiquillo..., tengo ya más de cuatro duros..., oarleko laur baño gueixago —añadÃa aludiendo a sus ochenta años pasados.
—Y ¿por qué me trata usted de berori? —le preguntaba Pedro Antonio, tratándole en vascuence de zu, intermedio entre el familiarÃsimo y apenas usado eu y el respetuoso berori.
—Eres rico y señor...
ComplacÃase el chocolatero en oÃr a aquel pobre anciano, que acababa siempre, después de escudriñar con la mirada el contorno todo, por contarle en voz baja sus cuitas y sus quejas por la conducta que para con él observaban sus hijos, que le tenÃan allà olvidado, sin más distracción que una nietecilla. «Los hijos! Los hijos para ellos..., pero asà es el mundo..., los pobres harto hacen con trabajar y mantener a los suyos... ¡Los hijos!», exclamaba, pensando a su vez en la vejez que dio a sus padres. Y concluÃa diciendo: sólo pido a Dios una muerte de ocho dÃas —zortzi eguneko iltze—. Eran los que creÃa necesarios para disponer de su alma y no ser gravoso a sus hijos con la enfermedad.
¡Los hijos!, murmuraba al separarse Pedro Antonio como atontado. Y acababa sus nebulosas e informes meditaciones diciéndose: ¡una muerte de ocho dÃas!