Paz en la guerra

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De tal manera abatió por el pronto a los carlistas su retirada de Somorrostro, que don Carlos les anunció su próxima entrada en Bilbao, un paseo triunfal de su bandera desde Vera hasta Cádiz, y que habría de imponerse en seguida, donde quiera que la revolución y la impiedad se le presentasen en batalla. Tampoco perdió humor para el baile, uno de los oficios de todo buen monarca. Prometióle, en tanto, la junta de Merindades vencer o morir; arengóse a los mozos desde el púlpito a fin de sembrar en ellos el milagroso ¡no importa!; y se tiró a encubrir el fracaso del intentado empréstito, y el exacerbado encono de la lucha entre viejos y nuevos, entonces que Cabrera volvió espaldas al Pretendiente.

Juan José decía: «Pobre Ignacio! Ha ido a morirse antes del triunfo; ¡cuando lo estábamos preparando...! ¡Qué prisas las suyas! Un poco más de paciencia y entramos juntos en Bilbao.» Hallábase más esperanzado que nunca, pareciéndole que con el vigoroso esfuerzo de Somorrostro habían agotado los enemigos sus bríos todos, y que ellos, los carlistas, se encontraban más animados y más frescos para la lucha. El que en una cachetina sabe reservarse aguantando es el que lleva ganada la partida al fin y al cabo; dos o tres puñetazos bien dados cuando el contrario está harto ya de pegar, y... ¡que vuelva por otra!


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