Paz en la guerra
Paz en la guerra Afrontáronse los ejércitos en el sagrario del carlismo, cerca de Estella, a donde fue a ahogarlo el libertador de Bilbao. Habló el general en jefe carlista, Dorregaray, el sucesor del viejo Elío, del estúpido furor de los soldados liberales, y el liberal del grito de rabia con que anunciaba su impotencia el enemigo. Insultáronse así previamente, para recoger rabia, como se mojan los chicos uno a otro la oreja antes de emprenderla a mojicones. El 25 de junio se dieron cara; el 26 una tormenta caló sobre todo a los liberales, que devoraban, hambrientos, patatas de los campos y que, ateridos, dieron fuego a los pueblecitos para calentarse y secarse al calor del incendio; el 27 la artillería liberal obligó a los carlistas a replegarse a las cimas. A punto ya de venir a las manos, tuvieron que esperar, arma al brazo, separados por chubascos torrenciales, a que el cielo se calmara, y luego, en un momento decisivo, al apearse el jefe liberal, Concha, para arengar a sus soldados, avanzando a las guerrillas, fue muerto. Tal el desquite de Somorrostro, de la pérdida de Ollo el organizador, del bravo Radica, del animoso viejo Andéchaga. Desahogáronse los vencedores rematando heridos, que al retirarse dejaba el vencido en los campos talados por el cielo y por los hombres; mostraron cual trofeo, en un balcón, la ensangrentada sábana en que descansara el cadáver de Concha; y el día 30 los arruinados habitantes de Abárzuza pedían a los pies de su rey la muerte de los prisioneros, el diezmo de los cuales, veintidós, fueron fusilados frente a las ruinas del fuego y entre imprecaciones de los arruinados campesinos contra aquellos hombres de fuera. Pocos días después la mujer del Pretendiente, recién llegada a España, revistaba sus tropas en las faldas del Montejurra, testigo de la victoria.