Paz en la guerra

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Cuando ocurrió la entrada de los infantes don Alfonso y doña Blanca, hermanos de don Carlos, en Cuenca, fingió don Emeterio indignarse de los horrores que de tal entrada contaron los diarios liberales. Releíalos, sin embargo, para nutrir su imaginación de aquellos truculentos detalles, diciéndose una vez más que nada hay peor que el sentimentalismo, uno de los males del siglo, que se compadece del criminal y de los animales y deja, a nombre de libertad, que envenenen maestros impíos las inocentes almas de los niños.

¡Hermosa entrada la de Cuenca! Las ropas infantescas forzaron la ciudad tras dos días de resistencia, y mientras iban los infantes a comulgar, en acción de gracias a Dios, suelta su soldadesca —cuyo núcleo formaban restos de zuavos pontificios, cantonales de Alcoy, fugitivos de la Commune y ex presidiarios—, cumplía, en dos horas de expansión, la justicia divina, sin que pudiera el obispo impedir el hartazgo de furor de aquellos aventureros mercenarios. Robaron; saquearon; maltrataron a todo motejado de cipayo; remataron enfermos, desobedientes a su voz; destruyeron archivos; hicieron añicos los gabinetes de física y de historia natural; destrozaron imprentas y escuelas; y cesaron, por fin, para acostarse jadeantes. Con música paseó doña Blanca la bandera carlista por la ciudad consternada. Los chicos necesitaban expansión, según el infante.


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