Paz en la guerra
Paz en la guerra —¡SensiblerÃa, pura sensiblerÃa! —exclamaba, contestando a observaciones del cirujano—, los pueblos necesitan algo viril para no caer en la molicie. El pueblo de pan y toros fue el que supo dar cara a Napoleón... Con viejas beatas no se hace la guerra; y la guerra es un mal necesario.
Leyóse otro dÃa en la tertulia el manifiesto que, cual música de la sangrienta letra de Cuenca, dio don Carlos en MorentÃn; manifiesto en que tras de asegurar haber salvado a España venciendo a todos los generales de la Revolución, sacaba a relucir una vez más la gloriosa espada de Felipe V, a Colón clavando su bandera en el Nuevo Mundo, a Cisneros en Orán, al rey de Aragón rasgando con su puñal el privilegio de la Unión, a Dios, al Trono, a las Cortes, al desastroso estado financiero de España.
—Con golpes como el de Cuenca y manifiestos como éste, ¡España es nuestra! —dijo el socarrón del cirujano.
«¿Nuestra? —pensó Pedro Antonio— ¿España, nuestra? ¿Qué es eso de que sea nuestra España? ¡MÃa no será nunca! ¡Nuestro ejército!, ¡nuestro programa!, ¡nuestras ideas!, ¡nuestro rey!, ¡nuestro... nuestro...!, mÃo era mi hijo, mÃos son mis cuartos puestos a la causa.»