Paz en la guerra
Paz en la guerra No pudieron persuadirle, a principios de agosto, a que fuese a Guernica, a ver al Rey, que se paseaba por sus dominios, cosechando vivas y esforzándose por representar el papel del caballeresco y leyendario bearnés, su antepasado, y el modelo en que soñaba.
A donde iba Pedro Antonio era a pasearse por el vallecito nativo, a cunar su espÃritu en la contemplación del contorno. Aquel sereno espectáculo era el lazo espiritual entre las generaciones de la aldea; sobre aquella visión de calma habÃanse sucedido, cual sobre permanente fondo, los lentos procesos de la vida interior de los abuelos de los abuelos, y se sucederÃan los de los nietos de los nietos.
—¡Ve por ahà a distraerte, vete, por Dios, Peru-Antón!
El corazón le decÃa que aquella calina de su marido era el terrible bochorno que agosta los campos y precede a las tormentas, que arrastran, seca ya, a la que fue verdura.
HabÃa en Pedro Antonio un sÃntoma muy alarmante para su mujer, y era la frecuencia con que le hablaba de los ahorros puestos a la Causa.
—Ya te dije yo..., bien de veces te repetà cuando ibas a dar el dinero que mirases bien lo que ibas a hacer..., ya te lo dije..., pero como nosotras las mujeres no entendemos de esas cosas...