Paz en la guerra

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—Aún no está perdido... Y además, ¿cómo se lo iba a negar?, ¿cómo quieres que le dijese que no?

Hallando Pedro Antonio un secreto deleite en las reconvenciones de la compañera de su vida, recordaba a cada paso lo de los ahorros, hurgando su inquietud. Y ella, al adivinar algo del mal de su marido, le decía:

—No hagas caso por eso, que no merece la pena de apurarse... De comer no nos faltará..., ¡para los que somos!...

Callábanse los dos, mientras entre ellos se interponía el alma del recuerdo persistente, el del hijo muerto.

—De todos modos nada perderás con hacer gestiones..., vete a ver a don José María.

Y por fin Pedro Antonio, pensando en sus ahorros, decidióse a ir, en compañía de Gambelu, a Durango, en donde se ensayaba el Estado carlista.



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