Paz en la guerra
Paz en la guerra Había ya sellos de correos, principio de un ordenado sistema de comunicaciones; perros grandes, monedas de cobre auxiliares y fraccionarias de las nacionales de plata, perros grandes con la efigie del Rey por la gracia de Dios, coronado de laurel, como un César; habíase establecido el telégrafo; iba a abrir sus cursos la Universidad de Oñate; repartíanse condecoraciones, condados, marquesados, ducados; se creaban oficinas y cargos públicos. Iba montándose poco a poco la complicada máquina del Estado al amparo de las armas. El movimiento se prueba andando; de toda aquella labor surgiría el programa definido.
Esto es una colmena de zánganos —decía Gambelu a Pedro Antonio—, esto no es más que una corte, y lo que hace falta no es corte, sino cuartel real. Aquí están casi siempre llenos de gente los cafés, los paseos, las calles..., todos hacen votos por el triunfo y todos discuten de táctica... ¿Y esa corte de títulos tronados, de extranjis todos, que mantienen caballo a costa ajena y se llevan los mejores chicos de asistentes...?
Lo mismo que el 39...
—Peor aún. Ahora en vez de Elío, Dorregaray, un masón.
—¿Masón...?