Paz en la guerra

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Sí, masón. Aquí andan muchos de ellos, que obedecen a la Junta central de Bilbao, y ésta a otra, hasta llegar a un centro, que llaman el Valle Invisible... No puede uno fiarse de nadie...

—¡El Valle Invisible! —murmuró Pedro Antonio, sobrecogiéndose y mirando involuntariamente hacia atrás, donde tropezó su vista con Celestino, que al verlo se compuso la cara, y acercándosele, le alargó la mano diciendo:

Cómo ha de ser...! Lo sentí mucho, mucho..., quería con el alma y el corazón al pobre Ignacio..., ¡qué nobleza la suya!, ¡qué sinceridad! y sobre todo ¡qué fe por la causa!

Después de un responso proseguido en el mismo tono, hablóles del estado de brillantez de Durango; discurrió, enseguida, acerca del proyectado sitio de Irún, que vigilaría el Rey en persona; y comentó, por último, lo de que el viejo y fiel Elío hubiese vuelto a la gracia de su señor.

Como no baje Santiago Matamoros en su caballo blanco..., o la Virgen... —dijo Gamelu.

La Virgen? —exclamó Celestino—. La Virgen no aparece ya más que a los pastores...


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