Paz en la guerra
Paz en la guerra ¡El Valle Invisible! En él seguÃa, entre tanto, pensando Pedro Antonio, el cual, asà que se hubo despedido de él Celestino, corrió a buscar a don José MarÃa, a tratar de sus ahorros. No habiendo podido hallarle, volvióse a la aldea, al lado de su mujer, pensando en los ahorros, en el estado de brillantez de Durango, y en el Valle Invisible, imágenes que flotaban vagas en su mente, sobre el persistente fondo de la difuminada visión de su hijo.
Una vez en la aldea fuese a ver a un casero, con quien poder lamentar, a dúo, la pérdida de los ahorros. Como él, el casero habÃa perdido un hijo, y como él, se acordaba más, al parecer, de sus ahorros. HabÃa dado la sangre de su hijo y le chupaban poco a poco la de la bolsa; muy duro era lo de dar los hijos, con sus brazos frescos para el trabajo, pero al fin y al cabo se reemplazan, uno se va y viene otro, persistiendo la familia, además de que con los dos brazos de menos hay también una boca menos que llenar; pero si la bolsa se agota, llega la trampa y puede acabar desapareciendo la casa, desparramándose sus miembros. Y una vez disuelta una familia, ¿quién la reemplaza? SentÃan el genio de la familia, a que los hombres se sacrifican.
—Consuélate —le dijo Pedro Antonio—, lo cobraremos centuplicado en el cielo.