Paz en la guerra
Paz en la guerra —Asà dicen los curas... Los chicos, sirviendo al Rey uno, el otro muerto; quedamos las mujeres y yo para labrar... Si esto sigue y tengo que vender la caserÃa, ¿qué hará mi hijo?
Pedro Antonio pensaba en el porvenir, en sus años de vejez y en la vida que para ellos les esperaba. A las veces se condolÃa de no dolerse más de la falta de su hijo, mas al punto se aquietaba diciéndose: hay que llevar la propia cruz con alegrÃa. Pero era extraño que pesara tan poco, tan poco..., ¿habrÃa tal cruz para él?
Volvió el chocolatero a Durango a raÃz del desastre de Irún, de aquel vergonzoso ¡sálvese quien pueda! en que acabó el sitio vigilado por el Rey en persona. En él perecieron infelices virulentos entre nieves, después de haber tenido que abandonar el hospital. Estallaron con pretexto de tal fracaso nuevas escisiones, y sentenció el Rey a dos jefes a la nota de cobardes y traidores.
Esta vez sà que halló Pedro Antonio a don José MarÃa, quien al ver al chocolatero compuso cara de compunción para decirle:
—Dios pone a prueba nuestra paciencia y nos da tribulaciones... Los que tenemos la inmerecida dicha de poder disponer de los inefables consuelos de la fe...
Siguió en la misma cuerda; diole las gracias Pedro Antonio, y al poco rato exclamó éste: ¡esto se va!