Paz en la guerra

Paz en la guerra

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—Claro está! Hay empeño en perder el tiempo, en vez de ir a Madrid derechos..., ¡a Madrid!, ¡a Madrid!

El ambiente de la guerra habíale reducido aquel programa concreto, que con tanto afán buscara antes de estallar aquella, a esta sola frase: ¡a Madrid! Todo se encerraba ya para él en apoderarse del centro regulador; con disponer veinticuatro horas de los hilos de Gobernación estaba todo hecho, y el programa en marcha.

—¿Y los intereses de mis préstamos? —dijo Pedro Antonio. Don José María miró con asombro a aquel hombre que, acabando de perder al hijo, se preocupaba de los cuartos.

—¡A Madrid!, ¡a Madrid! —exclamó el ojalatero como quien termina en voz alta un monólogo mental que le ha tenido absorto.

—¿A Madrid?, ¿a qué?, ¿a disponer del banco acaso?

Hablaron de los cuartos y aquietóse algo Pedro Antonio.

Su preocupación por ellos íbasele convirtiendo en manía, bajo la cual palpitaba persistente y fija, pronta a estallar en doloroso sobresalto, la visión de su hijo perdido.


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