Paz en la guerra

Paz en la guerra

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—Pedro Antonio está malo —repetía Josefa Ignacia a su cuñado el cura—, se nos va a volver loco; no hace sino repetirme a todas horas que estamos arruinados; me regaña porque dice que gasto mucho... Y ni una palabra todavía de nuestro pobre Ignacio, ¡hijo mío...! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Cuánta desgracia!

En las veladas invernales de finales del 74 solía irse Pedro Antonio a la casería de un pariente, y allí, en la gran cocina, en torno al hogar donde se aprestaba la cena, y oyendo hablar de mil minucias, contemplaba las ondulantes llamas, que, crepitando y en busca de libertad, lamían con sus cambiantes lenguas la ahumada pared. Recordaba entonces el brasero oscuro y silencioso de la chocolatería, y aquellos escarbamientos que hacían aparecer el rojor palpitante de la brasa cuando más encendida iba la disputa entre el tío Pascual y don Eustaquio; aquel fuego humilde, acurrucado a sus pies, sumiso como un perro, consumiéndose allí en holocausto al amo. Evocábanle luego las llamas la imagen del purgatorio, y el purgatorio a su hijo, en sufragio de cuya alma mormojeaba un padrenuestro.



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