Paz en la guerra
Paz en la guerra Llegaron las navidades, para Josefa Ignacia tristÃsimas. Su marido las tomó con la calma resignada con que lo tomaba todo desde la muerte de su hijo, pero no le brotaron las alegrÃas ni los recuerdos de otros años. Su hermano, el cura, para animarle distrayéndole, hablaba del triunfo que habÃan alcanzado las armas carlistas en Urnieta, el dÃa de la Concepción, y del pronunciamiento en Sagunto del ejército liberal, en pro de Alfonsito, el hijo de la reina destronada por la revolución setembrina. Hablaba exasperado, como todos los entusiastas, de que hubiese ya un rey frente a otro rey, igualándose asà las armas; un rey que habrÃa de ser enseña viva para el ejército.
Tronaba el cura contra aquel manifiesto en que decÃa el nuevo rey que no dejarÃa de ser buen español y buen católico como todos sus antepasados, y verdaderamente liberal como su siglo.
—Bien le ha contestado su primo, nuestro don Carlos: ¡la legitimidad soy yo!
—¿Su primo? —dijo Pedro Antonio—, entonces todo quedará en la familia...
—¡Qué locura! Proclamarle ahora, que es cuando estamos más pujantes... Y venir a declararse católico-liberal... ¡Católico liberal...! Contra éstos, contra éstos ha lanzado el papa sus más enérgicas condenas...
—¿Reconocerán al cabo la deuda carlista? —preguntó Pedro Antonio.