Paz en la guerra

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A punto tal llegaba, empero, con su zapa el desengaño, que el mismo Celestino desahogaba ya en la intimidad su pesimismo y sus temores. ¿Quién sacaba de su tierra a aquellos vascos que en antiguos tiempos no querían pasar en la ofensiva del árbol Malato, a no darles estipendio? Peleando junto a sus familias y con el país propio por apoyo, halagábalos poco el ir a Madrid, a dar rey a los castellanos. ¿Para qué?, ¡allá ellos! Habían implantado, por su parte, un ensayo de estadillo independiente, con sus sellos de correo y sus perros grandes. Recelaban, además, de las desconocidas llanuras, contentándose, hechos fuertes tras del Ebro, con sostener su incipiente estado merced, en gran parte, a la ayuda de aquellos voluntarios castellanos viejos que corrieron al norte a vivir de la guerra unos, a satisfacer instintos atávicos otros, a darse pisto alguno que otro, a penar y sufrir desvíos y menosprecios los más de ellos.

Y no era esto lo peor, no. Lo peor era, según Celestino, que no había fijeza en el programa, que no sabían los más qué era lo que defendían. Porque él, necesitando fórmulas para darse cuenta de un movimiento que no le brotaba de las honduras del alma, creía que la fórmula engendra el movimiento. Juan José que le oía una noche, le interrumpió:


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