Genio y figura

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Arturito, que era muy enamorado, estudió poquísimo e hizo en San Pablo doscientos mil disparates. Su padre creyó prudente sacarle y le sacó de aquella Pafos del Brasil y le envió a Olinda, donde hay también escuela de Derecho. Allí, bien o mal, tomó la borla de doctor el joven Arturo.

Ya doctorado, nada más natural que ir a Europa para acabar de civilizarse y conocer por experiencia hasta los más delicados perfiles y las más recientes conquistas del espíritu humano. Arturo fue, pues, a París, haciendo de París su residencia habitual y el centro de sus excursiones. Desde allí salió a recorrer con rapidez y por pocos meses la Alemania y la Italia, y desde allí fue a solazarse, durante los veranos, en Baden, Wiesbaden y Homburgo, donde había treinta y cuarenta y ruleta, y donde asistía multitud de ninfas sabias y elegantes, más aptas que Egeria para adoctrinar, pulir y dar charol a los modernos Numas.

No se descuidó Arturo, aprendió cuanto hay que aprender y supo aprovechar las lecciones que le dieron; pero las lecciones salieron extremadamente caras. A los dos años de haber estado Arturo en Europa, había ya gastado a su padre, perdiéndolo al juego o en obsequio de las ninfas, cerca de 400 millones o contos de reis.


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