Agencia Thompson y Cia_
Agencia Thompson y Cia_ —Salvo, no obstante, un guÃa, según he oÃdo decir —replicó Johnson sin conmoverse—. ¡Los demás… será para otra vez! Pero dÃgame usted, si gusta, al dejar a San Miguel vamos a Madeira, ¿no es asÃ?
—A Madeira, sÃ, señor —respondió Roberto, sin saber adonde querÃa ir a parar aquel excéntrico.
—¿Y en Madeira hay también temblores de tierra?
—No lo creo —dijo Roberto.
—Bueno —dijo Johnson—. Digamos, pues, que nada hay que temer en esa deliciosa isla.
—¡Dios mÃo! —respondió Roberto—. No…, yo no veo…, no…, salvo acaso las inundaciones…
—¡Inundaciones! —interrumpió vivamente Johnson—. ¿Usted ha dicho inundaciones…? ¿Las hay, pues?
—Algunas veces.
—Muy bien —concluyó frÃamente Johnson—. Entonces, caballero, anote usted esto en sus papeles —agregó, recalcando sus palabras—: ¡Yo no pondré los pies en vuestra condenada isla de Madeira!
Y el incorregible poltrón, girando sobre sus talones, volvió al buffet, donde pronto resonó su voz pidiendo alguna bebida aperitiva y confortante.
Mientras que Johnson triunfaba asÃ, una muy desagradable sorpresa turbaba, por el contrario, a Thompson.