Agencia Thompson y Cia_
Agencia Thompson y Cia_ Viendo «su séquito» reducido a una sola unidad, Thompson, a despecho de su ordinario aplomo, permaneció perplejo en el momento de dejar el buque. ¿Qué debÃa hacer? Creyó oÃr a Saunders y a Hamilton, que le contestaban: «El programa, caballero, el programa»; y obedeciendo a las supuestas órdenes de aquellos terribles contradictores, bajó el primer tramo de la escala, cuando violentos rumores estallaron entre los pasajeros reunidos en el spardek.
Indeciso de nuevo, Thompson se detuvo. En un instante veinte semblantes irritados le rodearon.
Uno de los pasajeros se hizo el portavoz de los demás.
—AsÃ, pues, caballero —dijo, tratando de conservar su tranquilidad—, usted se marcha hoy a Funchal.
—En efecto, señor —respondióle Thompson en tono de inocencia.
—¿Y mañana? ¿Y pasado mañana?
—Será lo mismo.
—Pues bien, señor mÃo —dijo el pasajero, alzando a su pesar la voz—, yo me permito informarle de que nosotros hallamos esto sumamente monótono.
—¡Es posible! —exclamó Thompson con encantadora sorpresa.