Agencia Thompson y Cia_

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Tan sólo una pasajera, medio acostada sobre un diván, leía atentamente. Roberto pudo examinarla a su sabor a través de la claraboya; observó sus rasgos delicados, sus blondos cabellos, sus ojos negros. Era fina, delgada y esbelta, el pie menudo salía de una falda elegante. Con razón, pues, juzgó encantadora a aquella pasajera, y durante algunos instantes no cesó de contemplarla absorto.

Pero el pasajero que fumaba en el spardek hizo un movimiento, tosió, pisó con fuerza. Roberto, avergonzado de su indiscreción, se alejó de la claraboya.

Continuaban desfilando las luces. A lo lejos oscilaban en la sombra los faros del Nove y del Great-Nove, centinelas perdidos del océano.

Roberto decidió retirarse a descansar. Descendió por la escalera de los camarotes y se encontró en los pasillos; caminaba maquinalmente absorto en sus últimas impresiones.

¿En qué soñaba? ¿Proseguía el triste y desconsolador monólogo de poco antes? ¿No pensaba más bien en el gracioso cuadro que acababa de admirar? ¡Pasan, con frecuencia, tan de prisa las tristezas de un hombre de veintiocho años!

Cuando puso la mano sobre la puerta de su camarote, volvió a la realidad. Entonces pudo advertir que no estaba solo.


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