Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna —¡No y cien veces no! —replicó Barbicane—. Un exceso de velocidad, si la dirección del proyectil hubiera sido buena no nos habrÃa impedido llegar a la Luna.
—¿Por quién y por qué? —preguntó Nicholl.
—No puedo decirlo —respondió Barbicane.
—Pues bien, Barbicane —dijo entonces Miguel—, ¿quieres saber lo que pienso acerca del motivo de esta desviación?
—Habla.
—¡No darÃa medio dólar por saberlo! ¡Nos hemos desviado, ésa es la cosa! ¿A dónde vamos? ¡No me importa! Ya lo veremos. ¡Qué diablo! Puesto que vamos atravesando el espacio, acabaremos por caer en un centro cualquiera de atracción.
Esa indiferencia de Miguel Ardán no podÃa satisfacer a Barbicane; y no porque le inquietara lo porvenir, sino porque a toda costa querÃa saber por qué se habÃa desviado el proyectil.
Entretanto, éste seguÃa marchando en sentido lateral a la Luna, y con él todos los objetos arrojados al exterior. Barbicane, tomando puntos de mira en la Luna, cuya distancia era inferior a dos mil leguas, pudo cerciorarse de que su velocidad era uniforme. Nueva prueba de que no habrÃa caÃda.