Alrededor de la Luna
Alrededor de la Luna —Pero supongo que podrÃas formular alguna hipótesis…
—Dos —respondió Barbicane—. O la velocidad del proyectil será insuficiente entonces, y permanecerá eternamente inmóvil en aquella lÃnea de doble atracción…
—Prefiero la otra hipótesis, sea la que fuese —interrumpió Miguel Ardán.
—O su velocidad será insuficiente —continuó Barbicane—, y seguirá su derrotero elÃptico para gravitar eternamente alrededor del astro de la noche.
—¡Revelación poco consoladora! —dijo Miguel—. Pasar al estado de humildes siervos de la Luna que estamos acostumbrados a considerar como una esclava nuestra. ¡Vaya un porvenir que nos espera!
Ni Barbicane ni Nicholl replicaron.
—¿Callan? —prosiguió Miguel, impaciente.
—No hay nada que responder —dijo Nicholl.
—¿Ni nada que intentar?
—No —respondió Barbicane— ¿PretenderÃan luchar contra lo imposible?
—¿Por qué no? ¿Han de retroceder un francés y dos americanos ante semejante palabra?
—¿Pero qué quieres hacer?
—Dominar ese movimiento que nos arrastra.
—¿Dominarlo?