Ante la bandera

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Respecto a la segunda pregunta, es más difícil que yo pueda ponerla en claro.

En mi opinión, este enigmático personaje debe de tener un gran interés en ocultar su origen, y temo no hallar indicio por el que pueda determinar su nacionalidad. Si este Conde de Artigas habla correctamente el inglés —cosa de la que pude asegurarme en su visita al pabellón 17—, lo hace con un acento rudo y vibrante, que no se encuentra en los pueblos del Norte. El suyo no me recuerda ninguno de los que he oído en el curso de mis viajes al través de ambos mundos, sino es el de la dureza característica de los idiomas de la Malaya. Y, realmente, con su tez obscura, casi verde, tirando a cobriza; su cabellera fuerte, de un negro de ébano; su mirada, que sale de una órbita profunda, y que la inmóvil pupila arroja como un dardo; su elevada estatura; sus músculos fuertes, que demuestran un gran vigor físico, no sería imposible que el Conde de Artigas perteneciera a alguna de las razas del extremo Oriente.

Para mí, este nombre de Artigas es un nombre fingido, como también su título de Conde. Aunque su goleta lleva un nombre noruego, él seguramente no es de origen escandinavo. No tiene rasgo alguno del tipo perteneciente a la Europa septentrional: ni el rostro tranquilo, ni los cabellos rubios, ni la dulzura de la mirada que se escapa de los ojos de un azul pálido.


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