Ante la bandera
Ante la bandera Vuelvo a mi camarote con una vaga inquietud. Mi comida está sobre la mesa; pero apenas la pruebo, y me acuesto en espera de un sueño que no quiere venir.
Este estado de malestar se prolonga durante dos horas. El silencio es únicamente turbado por los estremecimientos de la goleta, el murmullo del agua y los ligeros golpes que produce el movimiento de la Ebba en la superficie de este apacible mar.
Mi espíritu, lleno de recuerdos de cuanto en estos dos últimos días ha sucedido, no encuentra reposo. Mañana por la tarde, cuando lleguemos, volveré a desempeñar mis funciones cerca de Tomás Roch, en caso de necesidad, como ha dicho el Conde Artigas.
Si la primera vez que fui encerrado en el fondo de la cala no noté que la goleta se había puesto en marcha hacia el Pamplico-Sound, en este momento, que deben de ser las diez, conozco que acaba de detenerse.
¿Por qué esta parada? Cuando el capitán Spada me ha ordenado que abandonara el puente, no teníamos tierra a la vista. En esta dirección, los mapas no indican más que el grupo de las Bermudas, y al caer la noche hubiera sido preciso hacer cincuenta o sesenta millas para que los vigías le señalasen.