Ante la bandera
Ante la bandera La brisa ha caído por completo. El navío, que es un correo de tres mástiles, se ocupa en recoger sus velas. Inútil es contar con el viento antes del día, y mañana, sobre este mar tan en calma, el correo estará en el mismo sitio. Respecto a la Ebba, empujada por su misterioso propulsor, continúa acercándosele.
Claro es que el capitán ha mandado recoger las velas, operación que se efectúa bajo la dirección del contramaestre Effrondat, con esa prontitud que se admira a bordo de los yates de carrera.

Cuando empieza a caer la noche, los dos barcos no están más que a milla y media de distancia.
Entonces el capitán Spada se dirige a mí, y sin miramiento de ninguna clase me obliga a descender a mi camarote.
No tengo más remedio que obedecer. Antes de abandonar el puente noto que el contramaestre no hace encender los fuegos de posición, mientras que el otro barco ha dispuesto los suyos: fuego verde a estribor y rojo a babor.
No pongo en duda que la goleta tenga la intención de pasar inadvertida por los de este navío. En cuanto a su marcha, ha sido moderada un poco, sin que su dirección se haya modificado.
Calculo que desde la víspera la Ebba ha debido ganar doscientas millas hacia el Este.