Ante la bandera

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Nada de nuevo en los alrededores de Bee-Hive. Los hombres se entregan a sus trabajos de costumbre. El tug permanece en su sitio. Veo a Tomás Roch que entra en su laboratorio. Ker Karraje y el ingeniero Serko pasean tranquilamente por la ribera del lago. No se ha atacado al islote durante la noche. No obstante, el ruido de próximas detonaciones es lo que me ha despertado.

En este momento, Ker Karraje se dirige a su casa, y el ingeniero Serko se acerca a mí con el aire sonriente y la burlona fisonomía de costumbre.

—Y bien, señor Hart —me dice—, ¿no le agrada nuestra tranquila existencia? ¿Aprecia usted como se merecen las ventajas de nuestra gruta encantada? ¿Ha renunciado usted a la esperanza de recobrar la libertad y de abandonar? —añade recordando los versos:

«Este encantador lugar,

Que mi alma entusiasmada

Gusta, Silvia, de admirar…»

¿Para qué encolerizarse contra este burlón? Así es que le respondo con calma:

—No, señor; no he renunciado a ella, y espero que se me devolverá la libertad.

—¡Cómo, señor Hart! ¡Separarnos de un hombre al que todos estiman tanto, y yo de un compañero que tal vez ha sorprendido, al través de las incoherencias de Tomás Roch, una parte de sus secretos! ¡Eso no es serio!


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