Ante la bandera
Ante la bandera —Sea también. Usted debe comprender que esta cuestión de su libertad no puede nunca ser resuelta a gusto de usted.
Inútil es discutir en estas condiciones. Asà es que llevo la conversación a otro asunto.
—¿PodrÃa, saber —le he preguntado— cómo han averiguado ustedes que el vigilante Gaydón era el ingeniero Simón Hart?
—No hay inconveniente en que usted lo sepa, mi querido colega. Algo ha contribuido la casualidad. Nosotros estábamos en relaciones con la fábrica en que usted prestaba sus servicios, y que abandonó un dÃa de extraño modo. En una visita que yo hice a Healthful-House algunos meses antes que el Conde de Artigas, le vi a… usted y le reconocÃ.
—¿Usted?
—Yo mismo; y desde aquel momento me prometà tenerle a usted por compañero de viaje a bordo de la goleta Ebba.
No recuerdo haber visto jamás a este maldito Serko en Healthful-House, pero es probable que diga la verdad.
—Y yo espero —digo— que este capricho le costará a usted caro un dÃa u otro.
Y añado bruscamente:— Si no me engaño, ha conseguido usted que Tomás Roch le entregue el secreto de su Fulgurador.