Ante la bandera
Ante la bandera —SÃ, señor Hart, a cambio de algunos millones. ¡Oh!… Los millones no nos cuestan más trabajo que el de cogerlos. Asà es que le hemos llenado los bolsillos de ellos.
—Y ¿de qué le servirán esos millones si no puede llevárselos fuera, si no puede huir de aqu�
—Eso no le preocupa nada, señor Hart. El porvenir no es para inquietar a ese hombre de genio. Mientras en América, se fabrican los aparatos conforme a sus planes, él se ocupa aquà en combinar las sustancias quÃmicas, de las que tiene abundante provisión. ¡Oh!… ¡Gran cosa es ese aparato autopropulsivo, que acelera la velocidad hasta la llegada al blanco merced a la propiedad de cierta sustancia de combustión progresiva! Es un invento que transformará en absoluto el arte de la guerra…
—Defensiva, señor Serko.
—Y ofensiva.
—Naturalmente.
—De modo que lo que nadie habÃa obtenido de Tomás Roch, nosotros lo hemos obtenido sin gran dificultad.
—Pagándole…
—Un precio inverosÃmil…, y además, haciendo vibrar una cuerda muy sensible en ese hombre.
—¿Cuál?
—¡La de la venganza!