Ante la bandera
Ante la bandera —¡La venganza! Y ¿contra quién?
—Contra los que se han convertido en enemigos suyos desanimándole, arrojándole lejos, obligándole a mendigar de paÃs en paÃs el precio de un invento de tan incontestable superioridad. ¡Ahora, toda idea de patriotismo se ha extinguido en su alma! No tiene más que un pensamiento, un deseo feroz: vengarse de los que no le han conocido, y hasta de la humanidad entera. ¡Realmente, los Gobiernos de Europa y de América han sido ingratos al no querer pagar su valor por el Fulgurador Roch!
Y el ingeniero Serko me describe con entusiasmo las diversas ventajas del nuevo explosivo, incontestablemente superior, según él, al que se saca del nitrometano, sustituyendo un átomo de sodio a uno de los tres átomos de hidrógeno, y del que se hablaba mucho en aquella época.
—Y ¡qué efecto destructivo! —añade—. Es análogo al del proyectil Zalinski, pero cien veces más considerable, y no necesita aparato de lanzamiento, puesto que vuela, por asà decirlo, por sus propias alas, al través del espacio.
Escuchaba yo con la esperanza de sorprender una parte del secreto; pero el ingeniero Serko no ha dicho más de lo que querÃa decir.
—¿Acaso Tomás Roch —he preguntado— les ha hecho a ustedes conocer la composición de su explosivo?