Ante la bandera
Ante la bandera El ingeniero Serko se detiene, como hombre que no quiere decir más, y añade:
—AsÃ, pues, termino como he comenzado, señor Hart. ResÃgnese usted. Acepte esta nueva, existencia; goce usted de las tranquilas delicias de esta vida subterránea. Aquà se conserva la salud cuando es buena; se restablece cuando está comprometida. Esto es lo que ha sucedido a su compatriota; asÃ, pues, resÃgnese usted. Es el mejor partido que puede usted tomar.
Y después de darme estos buenos consejos me abandona, dirigiéndome un saludo de amigo, como hombre cuyas buenas intenciones merecen ser apreciadas. Pero ¡qué ironÃa en sus palabras, en sus miradas, en su actitud! ¿No podré nunca, vengarme de ella?
En fin: de esta conversación he deducido que el reglamentar el tiro es cosa bastante complicada. Es, pues, probable que la zona de una milla en que los efectos del Fulgurador Roch son terribles, no se modifica fácilmente, y que antes y después de esta zona un barco está al abrigo de sus efectos… ¡Si pudiera yo informar a los interesados!