Ante la bandera

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—No lo es, no, señor Director —repitió el Conde de Artigas.

El capitán Spada pareció aprobar lo que el último decía.

—Por lo demás, señor Conde, usted podrá juzgar por sí mismo. Hemos llegado al pabellón de Tomás Roch. Si su encierro está justificado desde el punto de vista de la seguridad pública, está tratado con todos los miramientos que se le deben y con todos los cuidados que su estado reclama. Y, además, está al abrigo de indiscretos que podrían pretender…

El Director completó la frase con un movimiento de cabeza muy significativo, lo que hizo asomar una sonrisa imperceptible a los labios del extranjero.

—Pero —preguntó el Conde de Artigas— ¿es que Tomás Roch no está nunca solo?

—Nunca, señor Conde. Le vigila continuamente un guardián, del que estamos completamente seguros. En el caso de que en una u otra forma se le escapara alguna indicación relativa a su descubrimiento, esta indicación sería recogida al instante, y se vería el uso que convenía hacer de ella.

En este momento el Conde de Artigas lanzó una rápida mirada al capitán Spada, que respondió con un gesto que parecía decir: «Comprendido».


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