Ante la bandera
Ante la bandera Tomás Roch acaba de colocar sobre una mesa dos tubitos de cristal, y tiene otro en la mano. Al exponerle a la luz de la lámpara, observo la limpieza del lÃquido que encierra.
Por un instante me acomete la idea de precipitarme en el laboratorio, de coger estos tubos y hacerlos pedazos… Pero ¿no tendrá él tiempo de fabricar otros? Lo mejor es limitarme a mi antiguo proyecto.
Abro la puerta, entro y digo:
—¡Tomás Roch!
No me ha visto ni oÃdo.
—¡Tomás Roch! —repito.
Levanta la cabeza, se vuelve, me mira.
—¡Ah! ¿Es usted, Simón Hart? —responde con tranquilo tono, casi indiferente.
Conoce mi nombre. El ingeniero Serko se lo habrá dicho.
—¿Sabe usted… ?—digo.
—Como sé el objeto que se proponÃa usted al convertirse en mi guardián. TenÃa usted la esperanza de sorprender un secreto por el que se ha rehusado pagar el justo precio.
Tomás Roch no ignora nada, y tal vez esto es preferible en atención a lo que quiero manifestarle.