Ante la bandera
Ante la bandera Sea de esto lo que sea, estoy condenado a pasar en el fondo de mi celda las últimas horas de la noche. Es llegado el momento de volver a ella. Cuando amanezca, yo veré lo que conviene hacer. ¿Acaso sé si esta noche el Fulgurador Roch no disparará contra los barcos antes de que éstos puedan intentar nada contra el islote?
En este instante lanzo una última mirada a los alrededores de Bee-Hive. En el lado opuesto brilla una luz, una sola, la del laboratorio, que se refleja en las aguas del lago.
Las orillas están desiertas. En el muelle no hay nadie. Pienso que a esta hora Bee-Hive debe de estar abandonado, y que los piratas han ido a ocupar su sitio de combate.
Entonces, arrastrado por irresistible instinto, en lugar de entrar en mi celda, me deslizo por la pared, escuchando, espiando, presto a esconderme si oigo ruido de pasos o de voces. Llego ante el orificio del túnel.
¡Dios poderoso! Nadie guarda este sitio. El paso está libre.