Ante la bandera
Ante la bandera Era este hombre vigoroso todavÃa, y su salud no parecÃa haber sufrido gran quebranto por su encierro, que duraba ya diez y ocho meses. Pero su actitud, sus ademanes incoherentes, su mirada extraviada, su falta de atención, denotaban un completo estado de inconsciencia y una perturbación profunda de las facultades mentales.
Tomás Roch acababa de sentarse sobre un banco, y con la punta de un junquillo que tenÃa en la mano trazó sobre la arena un perfil de fortificación. Después, arrodillándose, hizo montoncitos de arena que evidentemente representaban baluartes. Entonces, después de arrancar algunas hojas de un árbol próximo, las plantó en las cúspides de los montoncitos, como minúsculas banderas. Todo esto con gran seriedad y sin que se preocupase nada de las personas que le miraban.

Era un juego de niños; pero un niño no hubiera demostrado aquella gravedad y aquella indiferencia caracterÃsticas.
—¿Está completamente loco? —preguntó el Conde de Artigas, que, a pesar de su impasibilidad habitual, pareció algo descorazonado.
—Ya le he prevenido a usted, señor Conde, que nada se podÃa obtener de él —respondió el Director.
—¿No se podrÃa, al menos, conseguir que nos prestara un poco de atención?
—Muy difÃcil será lograrlo.