Ante la bandera

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Y volviéndose al guardián, añadió:

—Diríjale usted la palabra, Gaydón; tal vez le responda a usted.

—Seguramente, señor Director —respondió Gaydón.

Y tocando al pensionista en el hombro, le dijo dulcemente:

—¿Tomás Roch?

Levantó éste la cabeza, y de todas las personas allí presentes no vio sin duda más que a su guardián, aunque el Conde de Artigas y el capitán Spada, que acababa de aproximarse, y el Director, formaban un círculo en torno de él.

—Tomás Roch —dijo el guardián en inglés—, aquí hay unos señores que desean verle a usted. Se interesan por su salud… por sus trabajos.

Esta última palabra fue la única que pareció despertar la atención del inventor.

—¿Mis trabajos? —respondió en inglés, lengua que hablaba correctamente.

Tomando entonces entre el índice y el pulgar un guijarro, le arrojó contra uno de los montoncitos de arena, que se derrumbó.

Un grito de alegría se escapó de sus labios.

—¡Por tierra!… ¡Por tierra!… ¡Mi Fulgurador!… ¡Mi Fulgurador! ¡Lo he destruido todo de un solo golpe!


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